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Cine y filosofía

"El séptimo sello" de Ingmar Bergman

En un ranking de películas con calado filosófico no podría faltar esta audaz representación de la vida y la muerte
"El séptimo sello"  de Ingmar Bergman
Imagen: La muerte y el caballero cruzado jugando al ajedrez

Ya sea desde los postulados de Heidegger para el que somos seres arrojados a la existencia y para el que la muerte nos plantea la pregunta sobre la in-/autenticidad de la vida, o desde los de Harmut Rosa que se ha ocupado de conocer las condiciones sociales que influyen en nuestra forma de experimentar la realidad y de posicionarnos activamente frente a ella. Esta película sería capaz de hacer correr mucha tinta, este film grabado en blanco y negro plantea más preguntas que respuestas, pero no deja indiferente a nadie. Porque la intención de la película es la misma que la de la figura de la muerte dentro de la trama, la de cuestionarnos si vivimos una vida auténtica, bien lograda, resonante o significativa. La diferencia es que de Ingmar Bergman nos podemos escapar, de la muerte es otra historia.

“El séptimo sello” de Ingmar Bergman tiene un estilo mordaz y grave, es de aquellas películas sobre las cuales vale la pena detenerse a reflexionar. Más si cabe en tiempos de crisis relacionadas con epidemias como la actual dado el contexto histórico en que se desarrolla, la Suecia medieval invadida por la peste. Durante estas crisis se aprecia como la muerte, o su amenaza, son capaces de moldear no sólo la forma de vida de los individuos, sino su forma de experimentar lo vivido, nuestra sensibilidad ante el mundo. El reconocimiento de la estructura temporal y finita de la experiencia humana nos sirve como punto de partida para explicar este dilema que plantea el director, el de conseguir vivir una vida bien lograda frente a una vida que no lo es. 

Danzando las personas siguen a la muerte

Bergman se sirve de una metáfora visual basada en una pintura mural de finales del siglo XV ubicada en la iglesia de la ciudad de Taby, Suecia. La trama de la película comienza cuando dos de los protagonistas, Antonio y Juan, un caballero cruzado y su escudero llegan a orillas de su Suecia natal y la muerte se le aparece a Antonio. El tiempo que se dilate la partida de ajedrez contra la muerte será el resto de su vida.

Antonio quiere volver a experimentarse junto a su mujer, intuitivamente quiere volver con ella cuando llega a Suecia. La amaba y a pesar de ser feliz a su lado y sentirse en consonancia con lo divino y lo mundano junto a ella, marchó en busca de mayor riqueza y reconocimiento social. La preocupación exclusiva por aquello que le reportaba un beneficio material o social -representado en 10 años de cruzada-  ha destruido su capacidad para ser feliz, ha endurecido su capacidad de resonar con el mundo y tener una experiencia vital trascendente y bien lograda. En cambio, su escudero Juan vuelve con la esperanza de que su mujer esté muerta porque para él todo es indiferente, incluso él mismo, ha asumido el miedo a la nada y vive con él, intelectualiza los dilemas existenciales y solo cree en aprovechar mientras pueda la vida. Juan es un hedonista cuya seguridad nace del control de recursos y la dominación del mundo, su forma de enfrentarse al mundo es la de apropiárselo y, si no puede, reírse de ello. No busca mayor felicidad que el placer momentáneo y pasajero, para Juan el mundo tampoco habla ni él sufre por ello. 

Esta disparidad en el posicionamiento frente al mundo de los personajes no hace referencia a la experiencia del mismo -ya que ambos viven en una realidad muda- sino a su posición vital frente a esta experiencia. Será parte esencial del diálogo que Bergman tratará de establecer con el espectador durante el desarrollo de la historia sirviéndose de la casuística para explicar qué es lo importante para tener una experiencia significativa de la propia vida.

Antonio, imbuido por la lógica instrumental que domina la guerra donde prima la competencia y la supervivencia, no escucha al mundo cantar, se siente rodeado de tinieblas, está simbólicamente ciego y sordo ante aquello trascendente. El mundo y su experiencia del mismo se han vuelto banales e insignificantes, tanto que le gustaría morir para hablar con Dios a pesar del miedo a la nada. Es en este punto donde se produce una audaz transmisión de significados desde la muerte a la vida, la muerte se presenta como un espejo que nos hace ver quienes somos y qué hacemos, planteando de manera inevitable la pregunta sobre si llevamos una vida bien o mal lograda. Que nada cante, que nada veas, que nada sientas en vida es lo mismo que estar muerto, el mayor sufrimiento para nuestro personaje es no sentir nada, sea en vida o en muerte. 

En una sociedad medieval este hablar con Dios de Antonio para darle un sentido a su vida - para restarle importancia a la muerte - es una metáfora referida a tener una experiencia trascendente y significativa cuyo epítome en las sociedades modernas es el amor: a la pareja, a los amigos, a la familia. Un refugio de comprensión y felicidad en un mundo cada vez mas dominado por la competencia que nos dificulta la capacidad de hablar con Dios en un futuro cada vez más incierto.

Como contrapartida a estos dos personajes y su mundo conocido, el de las cruzadas, aparece una familia de juglares con los que compartirán parte del trayecto, José, María y su hijo Miguel. Ellos representan una experiencia del mundo opuesta, no de competición y supervivencia en un medio siempre hostil, sino de comprensión mutua y cariño en el núcleo de la familia para soportar un medio que en ocasiones puede serlo. Se contraponen la guerra y el arte, el estatus social frente al cariño, el dominio del mundo frente a la apropiación transformadora del mismo. El primer componente de estos polos son representados como los menos proclives para conseguir una vida feliz y bien lograda. Tanto María como José tienen una clase de relación afable y responsiva con la realidad en la que “un día sucede a otro" y "todo tiene su atractivo”, es aquí cuando la casuística vuelve a interpelar al espectador hablándole de que la felicidad y la vida solo merecen la pena y pueden alcanzarse junto a otras personas. La familia y los amigos aparecen como refugio de eso otro que se parece a la vida pero que nos hace vivir como muertos, incapaces de experimentar nada significativo, aquello que nos hace ser simbólicamente ciegos y sordos.

 

Tipo: Noticia
Tema: Cultura
Territorio: Valencia